Olaf se arrastraba por el campo de batalla, cubierto de
sangre, cuando a lo lejos vio una figura acercarse. Rezó a Odín que fuera su
hermano Sigrod con el anuncio de que habían vencido. Había perdido un ojo en la
lucha y se le dificultaba la visión. El encuentro había sido duro y el más
violento que había vivido. De todos los hijos del rey, sólo quedaban cuatro con
vida.
Horrorizado, vio que la figura que se acercaba era su otro
hermano, Erik, su enemigo, que llevaba la cabeza de Sigrod en una mano, y un
hacha cubierta de sangre en la otra, mejor dicho, su rostro estaba
completamente salpicado de ella. Portaba una sádica sonrisa mientras se iba
acercando. El día que el rey Harald murió, Erik no dudó en tomar el trono y
matar a quien se le opusiera. Olaf recordaba aquel banquete donde vio a su
hermano Bjorn ponerse pálido luego de beber, retorciéndose en la mesa hasta su
muerte mientras Erik simplemente miraba con indiferencia. Años atrás lo había
visto asesinar a otro de sus hermanos, Halfdan, mediante el águila sangrienta,
ese castigo que consistía en abrir a la víctima por la espalda, y luego
abriendo sus costillas con los pulmones hacia afuera, de modo que parecieran
alas manchadas con sangre.
-Hermano, ¿realmente es necesario que atentes contra tu
propia sangre sólo por ambición? Piensa en lo que diría nuestro padre. Tu
accionar no es digno del Valhalla-vociferó Olaf, sabiendo que sólo estaba
retrasando su muerte
-Éste es mi destino. Debo eliminar a aquellos que sean una
amenaza para mi reino. No me importan los medios, mi fin es gobernar.
Erik blandió con fuerza el hacha y lo degolló.
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